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En el colegio, su materia favorita es Sociales. Le gusta la historia del mundo: la Revolución Francesa y las guerras civiles, esas cosas grandes que pasaron hace mucho tiempo. “Me parece muy entretenido”, expresó, como quien habla de una serie que no puede dejar de ver.
Durante años, la historia fue eso para él: algo que otros hicieron y que le tocó leer. Hasta que empezó a querer escribir su renglón.
“Voy a dejar en alto el nombre de Envigado”, dijo Juan Cristóbal Zapata Zuluaga, de catorce años, en el Coliseo Metropolitano de Girardota, con una raqueta en la mano y una final por delante. Y se colgó la plata en la modalidad individual prejuvenil. El oro fue para Davith Alzate Parra, de Medellín.
Setenta y ocho gramos
Hay un dato que él tenía memorizado y que soltó sin que se lo pidieran dos veces: “esta raqueta pesa más o menos unos 78 gramos”. El volante que golpeaba con ella pesa aún menos, apenas unos cinco. El bádminton es, en términos de materia, el más liviano de todos los deportes de raqueta, y sin embargo es de los más brutales para las piernas y los pulmones.
Por eso, importa lo que dijo cuando le preguntaron qué sentía al tomarla: “yo cuando la toco pienso en mi futuro como deportista profesional, me veo en unos Olímpicos”.
Ahí está el contraste más bonito de esta historia. Setenta y ocho gramos de grafito en la mano de un muchacho de octavo grado del Colegio Colombo Británico y adentro de ese peso, unos Juegos Olímpicos completos. “Mi sueño es ganar unos Olímpicos y ser reconocido mundialmente en este deporte”, completó, sin bajar la voz.
Todo empezó por su hermana
El origen de todo, sin embargo, no fue un sueño. Fue una hermana.
María Fernanda llevaba un año entrenando bádminton cuando le propuso a su hermano que se animara. La razón que él recuerda no tenía nada que ver con medallas: “ella me dijo que lo probara como para hacerle compañía y para pasar más tiempo los dos juntos”.
De esa invitación salieron seis años de entrenamiento.
La primera vez la recordaba casi con ternura: “fue todo muy bacano, era un deporte nuevo, muy distinto. Todos los compañeros y los profesores me cayeron muy bien”. Nada de escalofríos. A él lo que lo enganchó fue la gente.
Y cuando se le pidió que definiera qué significaba el bádminton, respondió: “para nosotros el bádminton es más que todo un deporte, es como pasión y una actividad que hacemos para despejarnos y para pasar tiempo en familia”.
Detrás estaban los papás, que hacen el trabajo silencioso que sostiene a todo deportista de catorce años: “ellos me apoyan mucho en todo. Me acompañan a los torneos, me compran la raqueta, los zapatos”.
Lo difícil y lo divertido
De su deporte hablaba como si llevara años explicándolo. Lo más difícil no era el rival que pega duro, sino el que no falla: “es cuando el jugador es muy consistente y te mueve mucho. Para superar este desafío hay que tener mucha resistencia”. Lo más divertido, en cambio, no tenía nada que ver con victorias: “jugar contra mis compañeros y amigos del entreno”.
Su referente es danés y se llama Viktor Axelsen, campeón olímpico. Le gusta, “su tipo de juego y toda la experiencia que tiene el jugador”. Un muchacho de Envigado mirando a Dinamarca por YouTube, tratando de repetir su técnica.
El siguiente punto
En la pista, cuando todo eso se junta, la cabeza se le pone en un solo lugar. “Cada vez que la raqueta golpea el volante, pienso en el siguiente punto y todo lo que he entrenado para llegar a ese momento”, comentó.
Y ahí conviene volver al principio, a la clase de Sociales y a las revoluciones que le parecen entretenidas.
La historia también la escriben, todos los días, los que estuvieron ahí. Y ese día, en el Coliseo Metropolitano, hubo un muchacho de Envigado que llegó hasta el último partido cargando setenta y ocho gramos y una idea muy clara de para dónde va.
Por Andrés Esteban Marín Marín – Indeportes Antioquia.





