
Atletismo compite con intensidad en los Intercolegiados: jóvenes atletas son “Generación de Campeones” para Antioquia
17/08/2026
Quien mirara con atención el tatami de Girardota habría notado algo que no cuadraba. La muchacha de la división de menos de 44 kilogramos, la que competía por Guarne, en su judogi (ese traje grueso de algodón que los judocas usan como armadura y como herramienta, porque en esta disciplina la ropa es también el lugar de donde se agarra al rival) aparecía el nombre de otro municipio del Oriente antioqueño: La Ceja del Tambo.
No era un error de inscripción. Era toda una historia.
Karen Tatiana Villada Cano tiene 13 años, cursa octavo grado en la Institución Educativa Santo Tomás de Aquino y hasta hace tres meses no sabía lo que era una caída bien ejecutada. El judogi que le habían entregado le quedaba grande. Entonces una amiga le cedió el suyo. Uno de otro municipio, de otra delegación. “Me regalaron este que es de La Ceja”, contó ella, sin darle importancia, como si prestar una armadura fuera lo más natural del mundo.
Con esa prenda ajena se subió a competir. Y se bajó con una medalla de plata.
Tres meses. Ese fue todo el tiempo que Karen llevaba en el judo cuando quedó en el segundo lugar de una final departamental de los Juegos Intercolegiados. Cuando se le preguntó qué significaba estar ahí, contestó con una frase corta pero contundente: “significa mucho para mí porque eso es de todo lo que yo he hecho. Ahora estoy aquí”.
Antes jugaba baloncesto. Le gustaba, insistió en aclararlo, porque no fue un abandono con tal: “el baloncesto pues era algo también que me gustaba mucho, pero conocí el judo y me quedó gustando más”. Del balón al tatami, del equipo al uno contra uno, de correr una cancha a aprender a caer y levantarse.
“Me gusta mucho porque me atrae, me gusta entrenar, me libera la mente cuando tengo muchas cosas en la cabeza”, dijo. A los trece años ya sabía que existe un lugar donde el corazón se amaña, y que ese lugar, para ella, es un cuadrado de colchoneta.
Llevaba el cinturón amarillo. En el judo el color no es adorno: es un registro público de cuánto camino se ha recorrido. El amarillo es el de los primeros grados, el de quien apenas empieza a entender el término técnico de lo que su cuerpo hace.
Desde Guarne la empujaban su mamá, Lady Johana; su papá, Andrés, y su hermana Sofía, de 10 años. “Antes de competir me estaban mandando muchos ánimos con muchas fuerzas, que diera todo de mí”, indicó.
Cuando se le preguntó por sus sueños, la respuesta llegó ordenada, con las prioridades en su sitio: “progresar mucho en este deporte, dar lo mejor de mí, estudiar obviamente y ya pues muchas cosas”. Ese “obviamente” fue de ella. En el colegio prefiere artística y sociales, la primera porque allí hacen cosas divertidas y la segunda, simplemente, porque le gusta, y no siente que deba justificarlo más.
Sobre lo que ocurre en los segundos anteriores al combate, cuando ya estaba descalza sobre el tatami y solo faltaba el saludo, Karen expresó: “pasan muchas cosas, muchos nervios, pero también pasa que sé que voy a dar lo mejor de mí. Gane o pierda…”.
La frase se le quedó ahí, sin terminar. Hubo que pedirle que la cerrara.
Y entonces la cerró: “gane o pierda, voy a salir feliz. Uno tiene que aprender a ganar y a perder”.
Karen se subió al tatami con una armadura que no era suya y bajó con una plata que sí lo era.
Y salió feliz. Como había prometido.
Por Andrés Esteban Marín Marín – Indeportes Antioquia.





